Paseando por Madrid, al doblar una esquina dejé atrás dos paseantes sin fijarme apenas en ellos. Su conversación era la que dos perfectos caballeros pueden tener al final de la jornada, tomando unas copas de vino. La calle es bastante larga y llevaban un paso regular, por lo que me seguían de cerca. De repente, me vino la sensación de que uno de ellos llevaba el traje nuevo del emperador, como en el cuento de Andersen. Giré la cabeza con descaro y... decididamente, no lo había imaginado.
Espero que la imagen no hiera sensibilidades. Los actores principales y secundarios no son fácilmente reconocibles y la escena no me parece particularmente ofensiva., aunque reconozco que la jugada es arriesgada. Ilustra lo que llamo un "momento Madrid": instantes sórdidos o llenos de auténtico glamour, que sólo suceden en la Villa y Corte.
El único motivo que se me ocurre para tan singular conducta es una apuesta, el acompañante se asegura de que se cumple el objetivo y puede servir de ayuda en caso de necesidad. La gente con la que se cruzó no parecieron alterarse, fuera de algún comentario huérfano de respuesta. El que conozca un poco la ciudad sabrá que la curiosa pareja estába llegando nada menos que a la Gran Vía, uno de los corazones de Madrid. Poco importa que sucediera a las cuatro de la mañana, la ciudad nunca duerme, así que chapeau por el valor del caballero. Si ese era el destino, doy fe que fue alcanzado.
Y como en las películas, al volver la vista para averiguar que sucedía entonces, los dos personajes habían desaparecido. No traté de buscarlos pero al alejarme, al igual que en el cuento una voz entre la multitud decía ¿habéis visto? ¡iba desnudo!...



